Para mediados de julio de 1932, la tarea de recolección de obras donadas era coronada de un buen éxito, dado la encomiable actividad desempeñada por sus miembros, al tiempo que se convoca a Asamblea General para el día domingo veinticuatro del corriente mes, a las nueve horas y treinta, con el fin de discutir y aprobar los estatutos de la flamante institución. La convocatoria, escribe la letra apretada del secretario en aquella Acta Nº 3, se hará por circular a los socios a la vez que también por intermedio de los periódicos locales. La Asamblea, finalmente, se realizará el 30 de julio dado el mal tiempo reinante que continúa, anotará el acta N º 4.
Pero antes, aquella noche del 14 de julio, se pone fecha a la apertura formal de la Biblioteca Popular, a su inauguración pública: el domingo siete de agosto, con un acto de disertación que estará a cargo de un orador del Instituto Social de la Universidad del Litoral de la ciudad de Rosario. Aquella primera disertación de un orador que la letra formal de Actas y documentos condena al anonimato dejó gratamente bien impresionado al público que asistió, anotarán días después los miembros de la Comisión.
Esa noche de julio se marca también el perfil de espacio de encuentro ganado a las zonceras de la época, a la acartonada realidad de la década del 30: organizar una velada literario-musical con la colaboración de jóvenes de la localidad para el día veinte de agosto próximo, con el objeto de allegar fondos a la institución.
Aquel puñado de voluntades se empecina: en medio de la llamada década infame, de los tiempos en que las cotizaciones de mercado comienzan a marcar el pulso de un país que se desbarranca, la letra apretada en la página 5 del Libro de Actas suma y comparte: Librería Anaconda por setenta y un pesos con treinta y cinco centavos ($71,35), Manuel Álvarez, por veinte y cinco pesos con veinte centavos ($25,20), Correos y Telégrafos veinte y cuatro pesos con ochenta centavos ($24,80); Isidro Álvarez veinte pesos con setenta y cinco centavos($20,75).
Ciento cuarenta y dos pesos con diez centavos.
Aquella primera compra de libros de la Biblioteca Popular.
En los mismos tiempos en que Argentina inaugura villas miserias, índices de desocupación y futuros postergados, en Alcorta, el pueblo que dio su nombre al grito chacarero, unos cuantos tipos dan destino de palabra a unos cuantos billetes.
Ciento cuarenta y dos pesos con diez centavos.
Tinta en papel, palabra sobre palabra sobre palabra.
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